
Cuando me tocó hacer los estudios universitarios elegí Bellas Artes (a partir de ahora BB.AA). En su día esa decisión me reportó no pocas críticas por parte de amigos, vecinos y compañeros de instituto (en el caso de estos últimos eran más bien sus padres hablando a través de sus bocas); “pero hombre, tú con tu cabeza podrías estudiar lo que quisieras, para que vas a coger esa carrera que no sirve para nada“, “yo prefiero escoger una carrera con la que me pueda ganar la vida“, “pero si no tiene salidas!” y otras lindezas por el estilo. Qué manía con eso de las salidas!, no entendían que yo quería estudiar esa carrera universitaria simplemente porqué me gustaba y porqué sabía que iba a disfrutar haciéndola, me importaba bien poco si luego tenía o no salidas profesionales (por cierto, luego descubrí que en BB.AA había un montón de “salidas” -y de “salidos” ya ni te cuento-, eso sí, no eran precisamente profesionales pero enfín esa sería otra historia). Entonces no podía imaginarlo, pero lo cierto es que si no hubiera estudiado BB.AA probablemente no estaría trabajando en Adobe y quizá me levantaría cada día odiando mi trabajo y acudiendo a él amargado y resentido como muchos de mis ex-compañeros de primaria y bachillerato que escogieron carreras más “productivas” y “con más salidas” pero que en realidad detestaban y odiaban con toda su alma. Recuerdo los días en que estudié Bellas Artes como unos de los más reconfortantes, felices, y productivos de mi vida, y gracias a ello hoy tengo un buen trabajo en el que viajo por todo el mundo, conozco a un montón de gente interesantísima, me permite hablar en cuatro idiomas (de momento), manejo programas para creativos de última tecnología, me lo paso bien cada día, y encima me pagan. ¿Qué más le podía pedir a la carrera “sin salidas”?.

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