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Los que trabajamos en el sector de servicios o, en general, en ambientes de oficina donde se suele usar y abusar de las presentaciones en salas de reuniones solemos tener una pesadilla recurrente, a saber:

Estás en la típica sala de reunión con la pizarra blanca de rotuladores (la típica “Velleda” o como dicen en el mundillo del management el “whiteboard”) realizando una exposición o explicando algún planing maravilloso y, sin darte cuenta, agarras el rotulador de la pizarra de papel (Esa que es como una libreta gigante y vas pasando las hojas) y que algún/a merluzo/a de la oficina ha dejado en el lugar de los rotuladores Velleda. Empiezas a trazar el gráfico de tu vida en el tablero blanco e inmaculado. Realizas arabescos, flechas rectas, flechas circulares, líneas de conexión y todo tipo de garabatos que le dan a tu esquema un aspecto profesional y que dejan boquiabiertos a tus colegas. Casi se te saltan las lágrimas de emoción cuando compruebas lo bien que te ha quedado la gráfica y el efecto que ha causado en los asistentes, y entonces empieza la pesadilla… Agarras el borrador y descubres horrorizado que los trazos dibujados ni si inmutan al frotar sobre ellos, vuelves a insistir haciendo el gesto con más fuerza hasta que descubres perplejo que es lo que ha ocurrido; has utilizado los rotuladores que no correspondían y ahora han quedado indelebles en la pizarra blanca y no hay manera de borrarlos.

Hay pocos momentos más desagradables que estos en una oficina, sólo comparables a aquella situaciones en las que vas al lavabo con cierta urgencia y al acabar descubres horrorizado que no queda papel higiénico. Ahora, en el mejor de los casos, habrá que rociar la pizarra con un líquido hipertóxico cuyo ácido aroma permanecerá en tus fosas nasales hasta las próximas olimpiadas y tendrás que frotar con un trapo con tanta energía que cuando acabes no te sentirás ni las uñas. Aun así, aún quedarán restos visuales de tu magnífico gráfico durante semanas para recordarle al personal tu inenarrable torpeza.

Pero he aquí una solución magnífica que me llegó vía mi compañero Matías Guerra, cuyos años de experiencia por oficinas de todo el mundo lo han curtido en estas tribulaciones. Se trata de, una vez comprobado el estropicio, repasar de nuevo el gráfico con mucho y cariño y con los rotuladores adecuados (los que se deberían haber utilizado desde el principio). Una vez repasado el gráfico debemos esperar un ratito, lo suficiente para que los productos químicos del rotulador Velleda maceren y se mezclen con el pigmento de los trazos que permanecen debajo, pero no tanto como para que se seque completamente el trazo. A continuación volvemos a pasar el borrador por encima del esquema y…Voilá!!! Magia!!, los trazos desaparecerán completamente dejando a la vista la blanca y reluciente superficie del tablero, sin apenas esfuerzo y sin tener que recurrir a productos irrespirables. Si el gráfico es muy grande se pueden ir repasando las líneas en varias fases e irlo eliminando poco a poco, siempre será mejor que el resto de alternativas.

Espero que este truco os pueda ser de utilidad en cualquier traspiés que podáis tener en el futuro.