Ante la actual polémica abierta en el ámbito tecnológico entre  Apple y Adobe me parece muy interesante re-postear este artículo de mi hermano Ignacio Lirio que encuentro especialmente lúcido en su análisis, idependientemente de que podamos estar o no de acuerdo con lo que afirma.

Yo, como empleado de Adobe y miembro de su comunidad de usuarios desde hace años está claro de que bando estoy, pero a pesar de ello concuerdo con muchas de las reflexiones de Ignacio y pienso que propone un buen ejercicio de autocrítica para ambos fabricantes.

Aquí os lo dejo.

“Desde luego si hay un tema caliente estos días en el mundo digital es sin duda la guerra abierta entre Apple y Adobe. Los ríos de tinta (electrónica o no) que riegan a borbotones el espacio entre mis ojos y una pantalla o un papel son ya inundación. Apple ha decidido boicotear descaradamente a la niña de los ojos de Adobe, su tecnología Flash, y Adobe está irritada, dolida y se muestra ante el mundo como la víctima de la renovada tiranía de la manzana de Jobs. Los dispositivos móviles de Apple (iPhone, iPod touch y el nuevo iPad) que son el nuevo objeto de deseo de millones de usuarios en todo el mundo, no quieren saber nada de Flash.

Se han escrito tantos análisis tan acertados de los posibles porqués, de las posibles consecuencias de dicha decisión estratégica que no quisiera aportar redundancias a este asunto, no me gusta hacer perder el tiempo a la gente que lee. Por lo tanto, en un lugar de un sesudo análisis frío, voy a escribir mi contribución desde mi perspectiva particular, en calidad de individuo que ha estado vinculado estrechamente con ambas tecnologías desde hace más de una década. La sensación que tengo a día de hoy es la de que mis queridísimos papis se han peleado y se van a separar. Que mientras yo leo cuentos de aventuras con mi linterna debajo de mi sábana antes de dormir, ellos están en el salón gritándose, reprochándose agravios y dando golpes en la mesa. Y que quizá pronto vendrán a hablarme por separado y me pedirán que decida con quien irme, ofreciéndome posiblemente jugosas prebendas o ventajas a cambio. Pero yo les quiero a los dos.

Con sus diferencias, cada uno me aporta matices que aprecio y necesito, y que me ayudan a crecer como persona. Ambos son humanos y han cometido errores, pero el hecho de que ahora uno de los dos esté pasando por una época buena no quiere decir que tenga que restregárselo al otro por las narices. Adobe en mi opinión ha cometido errores en su pasado reciente. Errores como por ejemplo tomar un rumbo incierto y a la deriva, abandonándose a una voraz complejidad en el desarrollo de sus productos de software que, acompañado de una política algo soberbia fruto de su posición de monopolio de facto ha ayudado a la marca de San José a ganarse cierta antipatía entre los usuarios de sus productos. Es decir, de sus clientes. Multiplicar artificiosamente la gama de productos, a menudo con el fin de forzar al cliente a comprar más que antes; complicar innecesariamente las soluciones de desarrollo, agobiar al usuario final con actualizaciones de players sin fín, discontinuar programas que eran muy populares entre muchos usuarios, sin ofrecer alternativas, etc. han sido una muestra de las decisiones (repito, en mi opinión) poco inteligentes que ha tomado Adobe recientemente y que los usuarios y/o desarrolladores hemos ido contemplando desde fuera primero con incredulidad, luego con fastidio y más tarde con el pesar de comprobar que la compañía de la “A” roja se parecía cada día más a un Microsoft que, digamos, a un Google.

Mientras todo esto sucedía, Apple enamoraba a propios y extraños con cada nuevo cachivache que sacaba: el iPod, los nuevos Macs, el iPhone… y ahora el iPad. Un enamoramiento masivo que no siempre es fruto de la casualidad o de el snobismo de disponer de un dispositivo “cool”: Apple se toma en serio lo que otras empresas del sector simplemente ignoran de forma escandalosa: la SIMPLICIDAD. Apple se fija como objetivo poner en manos del común de los usuarios aparatos que son en realidad como nos gustaría que fueran en nuestros sueños despiertos: bonitos, potentes y que hacen lo que uno espera que hagan sin tener que irritarnos con errores crípticos o instrucciones que parecen hechas solamente (con perdón) para la madre que lo parió. Lo compras, lo usas y lo disfrutas. Punto. Y estás contento. Y como estás contento, si sale otro cacharro, te planteas comprártelo sin pensarlo demasiado. Tachadme de lo que sea pero esto es algo que Apple ha ganado a pulso. En otros foros se pone el grito en el cielo con el soniquete de que si el iPad no tiene USB, si no es multitarea, etc etc. Sinceramente esos comentarios sí me parecen propios de esclavos de la complejidad de la tecnología, eternos insatisfechos que solo buscan analizarlo todo y no usar nada.

Apple, la misma empresa que no hace muchos años estaba al borde de la quiebra y que tuvo que ser rescatada por Bill Gates por obra y gracia de su fundador, Steve Jobs, ahora saborea unas mieles nuevas y mira al resto del mundo desde lo alto de su trono. Mantenerse en dicho lugar siendo a la vez una suerte de Teresa de Calcuta amigo de todo el mundo sería algo demasiado exótico como para pertenecer a este mundo. Así que la compañía de Cupertino se ha autoproclamado emperatriz, nueva cerda de este Rebelión en la Granja y ahora dicta las normas. ¿Qué líder no se ha dedicado a dictarlas una vez llegado al puesto? Y entre ellas, Apple ha decidido que ya no quiere seguir su romance con su novia de toda la vida, Adobe, romance del que salieron numerosos y preciosos hijos, y que ahora es suficientemente cool como para ir por la vida de divorciado interesantón que se puede hartar de ligar. Mientras, Adobe se queda sollozando en su habitación, preguntándose qué hizo mal y llamando a todas sus amigas comentándoles lo injusto de la traición y lo pobre y desamparada que se siente, quizá en busca de cómplices para su despecho. Y en medio de toda esta regañina, ¿qué pasa con nosotros? ¿qué pasa con los que cada día tenemos que trabajar con sus productos? ¿tenemos derecho a decir algo?

A mí me gusta Apple y me gusta Adobe. Creo que Adobe ciertamente necesitaba cierta cura de humildad, cierta travesía del desierto (siempre vienen bien) que le ayude a volver un poco al espíritu revolucionario de sus inicios. Quizá este gancho en el hígado a Adobe sea un mal que venga por el bien de que resurja con propuestas más excitantes en lugar de dejarse llevar por la senda de la perdición “a la Microsoft”. Que vuelva a abrazar la siempre deseada simplicidad.

Mientras eso ocurre (si ocurre) dejemos que Apple se hunda libremente en su renovada soberbia, ya le tocará en su día hacer su propio vía crucis. Mientras tanto, los usuarios y los desarrolladores ayudaremos a esta selección natural de productos, favoreciendo o castigando uno u otros según nuestras posibilidades. Lo verdaderamente triste de todo esto es que es un sacrificado trabajo de control de calidad que luego no tiene la recompensa adecuada por parte de los últimos beneficiados de dicha labor: los fabricantes. En resumen: Apple y Adobe, resuelvan sus diferencias civilizadamente y pensando sobre todo en sus hijos. Es lo único que les podrá beneficiar con creces a ambos. A todos.”

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