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Internet ha permitido multitud de avances, que duda cabe. También ha supuesto un montón de cambios en los hábitos de comportamiento de las personas, en muchos casos para bien, pero en otros el impacto ha sido decididamente negativo.

Este fenómeno se hace perfectamente visible en el caso del compartir. Compartir es algo maravilloso por definición, se trata de “hacer partícipe a otro” de algo que nosotros mismos estamos disfrutando. No obstante, no debemos olvidar que una de las principales características del compartir, y lo que lo convierte en una acción tan loable, es que se trata de una actividad libre y voluntaria. Cuando compartes algo a la fuerza el hecho pierde gran parte de su sentido y más aún si quien te exige compartirlo es la persona que se va a beneficiar de esa supuesta compartición.

Esto viene a cuento de la perversión que ha sufrido el término compartir dentro del contexto de la web en general y las RR.SS en particular. El desplazamiento semántico de la palabra ha sido tal que ya casi no se la reconoce.

No son pocos los que parecen considerar que el compartir, lejos de ser una acción generosa, ha de ser algo de carácter obligatorio. Si alguien que comparte voluntaria y voluntariosamente contenidos en la red decide dejar de hacerlo, por la razones que sean, es más que probable que en seguida se le eche encima una jauría de trolls a afearle el gesto con los calificativos más groseros. Muchos de estos amigos del “todo gratis”, parecen estar convencidos de que el acceso a contenidos a través de internet es poco menos que un derecho natural y universal y el que se niega a crearlos, a facilitar su acceso o, peor aún, a intentar sacar algún provecho económico de ellos, está solamente a un par de peldaños de distancia del tirano o del estafador.

Por supuesto estoy generalizando y, afortunadamente, no siempre es así, pero uno ya lleva unos cuantos años bregando en foros, comunidades y redes colectivas como para haber presenciado unas cuantas docenas de casos en lo que muchos autores y creadores han tenido que sufrir el acoso de sujetos que exigían que les fueran entregados los frutos de su talento sin ningún tipo de compensación en nombre de una supuesta y pésimamente entendida y peor interpretada “cultura del compartir”. Lo curioso es que gran parte de los que enseguida se les llena la boca y las visceras con la interpretación sesgada de “cultura libre” y otros eufemismos de “lo quiero todo sin pagar nada” son los que utilizan dichos contenidos de una forma más parasitaria, es decir, aquellos que consumen todo pero no crean nada o, si lo hacen, es copiando la obra de otro con un absoluto desprecio por su trabajo y sin ningún respeto a su autoría.

En otras palabras, parece como si consumidor de contenidos tuviera todos los derechos del mundo a acceder a ellos sin trabas y los “derechos de autor” fueran una imposición fascista de dichos autores que ya deberían sentirse afortunados y agradecidos por el hecho de que el resto del mundo se digne a mirar sus obras.

Como resultado de esta extraña concepción del concepto compartir, he podido presenciar situaciones tan rocambolescas como internautas quejándose amargamente por no colgar inmediatamente un vídeo en Youtube  tratando de una temática que él me proponía o exigiendo (porqué el verbo es exigir) que estructurara mejor un post de mi blog para que pudiera copiarlo y pegarlo con más comodidad en un trabajo universitario “sin tener que volver redactar ningún párrafo” (sic).

Pienso que es conveniente que contribuyamos a devolver las aguas a su cauce y a definir, en su justa medida, cuál es el verdadero significado de compartir y a entender que nunca se ha tratado ni se ha tratado de una actividad obligatoria.

Origen de la fotografía: Creative Commons

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