escribir

.

Leo esta mañana en la prensa con cierto desasosiego, que en Finlandia se están planteando eliminar la caligrafía de las escuelas por considerarla una disciplina obsoleta en los tiempos actuales. A cambio piensan dedicar más tiempo al uso del teclado y a la letra de palo por entender que está más acorde con los usos habituales hoy en día.

Aunque pienso que no soy nada sospechoso de padecer tecnofobia, creo sinceramente que esta decisión es muy desacertada. La caligrafía y la escritura manual de texto enlazado es una disciplina cuyos beneficios van mucho más allá que su mera utilidad práctica. En numerosas ocasiones se ha comprobado que la escritura a mano supone un magnífico ejercicio para el desarrollo cerebral ya que unimos la práctica de la psicomotricidad fina con el desarrollo del pensamiento simbólico. Es un ejercicio que estimula por igual los dos hemisferios del cerebro. Escribir no deja de ser una extensión de una actividad tan saludable como el dibujo. Ese hecho de sacar la línea a pasear -como,acertadamente, decía Paul Klee– para acabar plasmando un contenido semántico que podremos interpretar mediante la lectura nos sumerge en un proceso de abstracción y desarrollo neurológico que difícilmente se puede conseguir aporreando un teclado.

A todo esto hay que añadir el aspecto personal vinculado a la escritura de cada individuo y que tan bien conocen los grafólogos. Nuestra escritura refleja grandes rasgos de nuestro carácter y no es casualidad que escribir nuestras experiencias, inquietudes, preocupaciones y anhelos sobre un cuaderno tenga efectos terapéuticos sobre el ánimo de muchas personas.

Precisamente porqué la escritura manual caligráfica ya no es imprescindible para comunicarnos, es cuando se debería aprovechar para incidir e insistir en todas esas otras ventajas colaterales que aporta esta técnica.

Saber utilizar un teclado es importante, por ahora, pero puede enseñarse de forma paralela como de hecho se está haciendo actualmente. No obstante hemos de tener en cuenta que es muy probable que en los próximos años o décadas también el teclado sea sustituido por cualquier otro sistema que ni siquiera precise de la utilización de las manos, que baste la voz o la mirada para escribir. No quiero ni pensar en la atrofia que podría ocurrir entonces.

Queramos o no, las manos forman parte de nuestro sistema de pensamiento (casi todos hablamos con las manos, fijaos si no, como todos movemos las manos y gesticulamos con ellas a la hora de conversar) y reducir el rico alfabeto de arabescos de la escritura de letra ligada al movimiento martilleante de teclear o al rectilíneo de la letra de palo me parece aberrante (aparte de ser más proclive a producir lesiones de muñeca).

Otro de los riesgos que entraña la renuncia a la caligrafía, es que las generaciones que crezcan leyendo únicamente fuentes tipográficas artificiales, lleguen al punto de no entender la escritura manual, de que cualquier letra les parezca letra de médico y que lo manuscritos, incluidos las cartas de sus abuelos, se conviertan en  jeroglíficos intraducibles. Aunque ahora esta posibilidad nos parezca trasnochada no creo que lo sea tanto si se destierra la caligrafía.

No hay que negar, sin embargo, que todos tenemos nuestra parte de responsabilidad en esta tendencia. ¿Cuándo fue la última vez que escribiste varios líneas seguidas a mano? Como anécdota contaré que el otro día me sorprendió ver en un restaurante como un cliente, a la hora de pedir la cuenta, en lugar de realizar el típico gesto de estar escribiendo en el aire, utilizó las manos para imitar estar pulsando el teclado, refiriendose claramente al acto de introducir la clave secreta de la tarjeta de crédito en el datáfono.

Imagen via: Erin Kohlenberg