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Una de mis aficiones favoritas es acudir a los museos y las galerías de arte a visitar exposiciones y pasarme las horas contemplando las obras de arte. Muchas me llaman la atención por su belleza, otras por el interés de la propuesta, por el concepto que hay detrás, por la fórmula empleada o incluso por su excentricidad o extravagancia. Otras sin embargo no me dicen nada o no despiertan mi interés.

El caso es que después de tantos años y tantas horas dedicadas a observar piezas de arte, creo que mi sentido de la observación se ha modificado en cierta forma. Es como si hubiera afinado el sentido para encontrar belleza o interés plástico en escenas y detalles de la vida cotidiana. No me entendáis mal, no voy por la calle intentando buscar rincones que se asemejen a obras de arte o que pudieran dar el pego entre los muros de un museo. Simplemente voy aquí o allá y de repente me sorprende un detalle que por sus características de composición, textura, iluminación, temperature, olor, sensaciones o lo que sea consigue capturar mi atención y descubrir algo en ello que me produce desde curiosidad hasta arrebatamiento pasando por todas las modulaciones de la experiencia estética.

Por mi trabajo con Adobe viajo bastante y visito muchos lugares; hoteles, aeroupertos, oficinas, fábricas, edificios de empresas y sucede que, en ocasiones descubro un pequeño detalle que puede ser un objeto, un pequeño recoveco en cualquier lugar, una yustaposición de texturas o simplemente una imagen que me deja en el mismo estado de éxtasis que a menudo experimento en exposiciones de arte. La foto que ilustra este post es un ejemplo de uno de esos detalles que me llamó la atención en días recientes durante un viaje de trabajo y que decidí capturar con mi teléfono.

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