Aunque ya había tenido alguna experiencia previa con el Internet de las cosas (IoT), recientemente en casa hemos adquirido un starter kit de SPC compuesto por una cámara de 360º, un sensor de movimiento, una sirena y un detector de puertas abiertas.

De esta forma he desarrollado un nuevo superpoder ya que, no importa en que lugar del mundo me halle (siempre y cuando tenga cobertura y acesso a Internet , claro está), gracias a una app en mi smartphone puedo , en apenas segundos ver el interior de mi casa o incluso enviar mensajes por el micrófono del teléfono que se escucha a través del altavoz de la cámara.

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De igual modo, si activo el modo de vigilancia, recibo en mi smartwatch una alerta que me indica si ha entrado algún intruso o si se ha abierto una puerta que debería estar cerrada. Es como tener ojos, oídos y voz siempre en tu casa sin importar donde se halle tu cuerpo físico.

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No hay que negar todos los beneficios que aportan estas nuevas tecnologías y la posibilidades que abren, pero esta experiencia también me ha suscitado algunas reflexiones. La principal de ellas es que quizá hemos subestimado el poder de la ignorancia. Me explico. Hasta ahora cuándo me ausentaba de mi casa en vacaciones evidentemente siempre existe el temor de pensar que entrara alguna banda de cacos a desvalijarla, pero como en mi lugar de vacaciones no había forma de saber si ese hecho había ocurrido o no y tenía claro que hasta la vuelta no me iba a enterar de nada de lo que hubiera pasado durante mi ausencia, pues me limitaba a relajarme, a disfrutar de las vacaciones y a no pensar en el tema hasta la vuelta.

Ahora, el hecho de que exista la posibilidad de ver en cualquier momento que está pasando en tu casa te carga con una nueva responsabilidad ya que, con el celular en la mano, es inevitable pensar “¿Y si no miro y está entrando alguien en casa?” y ahí aparece la negra sombra del complejo de culpa que te hace agarrar el dichoso chisme y mirar la app en un momento en el que normalmente habrías ignorado al aparatito.

Es cierto que puedes obviar esto y esperar a que sean los sensores los que te alerten mediante una notificación si entra algún intruso en casa. Pero este hecho abre las puertas de par en par a que se disparen tus niveles de cortisol. Tu cuerpo pasa inconscientemente a un estado de alerta continua por temor a que el dispositivo vibre dándote la fatídica noticia. Aunque no pase nada (como ocurre el 99% del tiempo) miras al teléfono o al Smartwatch con recelo como si fueran amenazantes portadores de malas noticias.

Algo parecido me pasa con otra app que empezado a utilizar Safe 365. Una app que, en todo momento me avisa de dónde están los miembros de mi familia. Me avisa de mediante notificaciones de cuando entran y salen de casa, si están realizando un determinado trayecto… ¡demonios! hasta me indican de cuánta batería les queda en el dispositivo y si lo están cargando!!

Esto, lejos de tranquilizar genera aún más estrés pues, de alguna manera, te obliga a estar aún más alerta. Te acostumbras a estar tan hiper-informado que cuando dejas de recibir alguna de esta información, por innecesaria que sea, la tendencia natural de nuestro cerebro a dramatizar todo hace que inevitablemente te pongas a pensar en lo peor hasta que llega la siguiente notificación para indicarte, como siempre, que no tenías nada de que preocuparte.

Hemos subestimado el valor de la ignorancia de los hechos, el valor que aporta a nuestra paz mental. Y lo peor es que ya no hay marcha atrás. Una vez el Internet de las cosas te condena a saberlo todo en todo momento no puedes dar la espalda a este hecho y simplemente ignorarlo pues, en caso de que efectivamente ocurra algo a cuyo conocimiento tengas acceso y ante lo que podrías haber reaccionado, la excusa de la imposibilidad de saberlo ya no nos servirá como bálsamo consolador para aliviar nuestra conciencia.

En resumen, pienso que también deberemos modificar nuestra propia psicología para adaptarnos a la convivencia con estos nuevos gadgets tecnológicos y poder sacarles el máximo partido sin que impacten negativamente en nuestra salud mental. Es algo que ya hemos tenido que hacer en repetidas ocasiones desde la irrupción de Internet y su extensión con los dispositivos móviles y las redes sociales. Cómo mínimo ahora ya tenemos cierta experiencia y debería servirnos para minimizar los errores que ya hemos cometidos con el uso inadecuado de algunas de las tecnologías mencionadas que quizá nos pillaron algo a contrapie.